Plataforma Cultural dePromoción y Visibilización de Buenaventura

Notas de prensa

No deja de ser curioso que el hijo de un cacaotero africano, nacido en un pueblo perdido de Camerún, se haya convertido en un experto en literatura hispánica capaz de citar con igual fluidez algún poema de Antonio Machado, un cuento de Julio Ramon Ribeyro o un párrafo de ‘Cien años de soledad’.

Pero así es. Ese chico que en su natal aldea caminaba una hora para ir a la escuela en donde sacaba las mejores notas de toda primaria y secundaria, es hoy un doctor en filología hispánica que pronuncia las zetas con más acento que los mismos madrileños y viaja por el mundo contando cuentos –esos sí – africanos.

Su nombre es Boniface Ofogo, y como el narrador oral que es, estuvo en Colombia invitado por Ola Ventura, una plataforma cultural que busca visibilizar el talento de Buenaventura y hermanarlo con el de otras naciones que llevan orgullosos el título de afrodescendientes.

Hay que decir entonces que Boni —como suelen llamarlo— tiene otra faceta: la de militante por los derechos de los negros en el mundo. Por eso, después de pasar cuatro días en el puerto, ya sueña con crear unos puentes que comuniquen el talento de esta ciudad con el de otras naciones africanas. “Eso ya lo he logrado con España, llevar y traer talento en ambos sentidos. Ahora el turno es para esta tierra que es una hermana nuestra”, dice.

Bonifacio, usted mismo se auto describe como un milagro. Es decir, el hecho de haber nacido en ese pequeño pueblo para luego haberse convertido en un juglar que ha viajado por medio mundo…
Es cierto. Yo no estaba predestinado a esto. Yo nací en una aldea muy pequeña del interior de Camerún, Omasa, y de pequeño tenía que caminar una hora para llegar a la escuela. Soy el cuarto de once hermanos y mi vida se iba a desarrollar ahí, dedicado a la agricultura, al igual que mis padres, cultivando cacao y ñame. Pero la naturaleza me dotó de habilidades. Yo sacaba buenas notas y me gustaba mucho estudiar. Es más, odiaba las vacaciones porque había que ir a trabajar al campo. Finalmente, como yo tenía las mejores notas de toda la escuela primaria, mis padres decidieron mandarme a una escuela de secundaria que estaba todavía más lejos. Yo caminaba feliz hasta allá. Ir a la escuela era una motivación.

Allí asistió a un colegio marista. ¿Cómo resultó esa experiencia?
Esa educación a mí me marcó mucho. La pasión por hacer bien las cosas, por ser honrado en la vida y los valores humanos que nos transmitieron definieron en gran parte mi personalidad.

¿Allí terminó el bachillerato?
No había bachillerato allí, solo el primer ciclo de secundaria que duraba tres años. Pero como seguía sacando las mejores notas, mis papás decidieron enviarme a la capital. Allí descubrí lo que era el hambre. Porque en mi aldea si tienes hambre y pasas por una plantación puedes coger una papaya o un mango y te lo comes. Allá rige un principio y es que cuando coges una fruta para comértela eso no es robar. Si traes una bolsa o un camión para llevártelos, eso sí es robar. Por eso nunca sentimos hambre. Pero eso en la capital no existía.

¿Cómo termina estudiando literatura hispánica?
En bachillerato tenía un profesor de Camerún que había estudiado en Madrid y él me inculcó la pasión por el español. Nos contaba las cosas que pasaban en Madrid, de tal manera que cuando yo tenía que entrar en la universidad, dije, voy a estudiar español. Mis hermanos mayores no entendían, pensaban que estaba loco pues no hemos tenido ninguna relación histórica con España. Fuimos colonia alemana y francesa, pero no española. Luego, cuando empecé mis estudios, empezaron a venir profesores de España y trajeron dos becas para continuar los estudios en Madrid. Una de ellas era para mí.

¿Fue dura la llegada a España?
Cuando llegué a Madrid yo hablaba español como en el Siglo de Oro. Creo que la gente creía que yo era pedante. Pero resulta que me había leído El Quijote y podía recitar párrafos enteros y me gustaba mucho la literatura del Siglo de Oro. Por otro lado, en España descubrí lo que era la soledad. Yo pasaba 3 o 4 días sin abrir la boca porque no tenía con quien hablar. Tardé casi 3 años en saber cómo era eso de hacer amigos o amigas. Me costó mucho. España es un país muy cerrado y en 1988 lo era aún más.

¿Sintió discriminación por su raza?
En esa época no había negros en España. Tanto así que cuando yo veía un negro a 200 metros corría detrás de él para saludarlo. En el metro los niños se quedaban mirándome, algunos me tocaban a ver si tenía pintura. Un niño le dijo una vez a su mamá en el autobús, mami mira, este hombre está quemado. En un principio me sentía incómodo, lo sentía violento, porque yo venía de un país de solo negros donde nadie te mira. Pero la forma de luchar contra esto fue decir, qué bien, qué importante soy que todos me están mirando. También la correspondencia con mi familia ayudó mucho a sortear esa soledad.

Usted es un apasionado de la literatura hispanoamericana…
La descubrí al poco tiempo de estar en España. Cuando leí a José María Arguedas, impulsor de la corriente indigenista en Perú y Julio Ramón Ribeyro me parecía una literatura muy cercana. Ni qué decir de García Márquez. Al principio no entendía por qué le llamaban realismo mágico, porque eso que él escribe es lo que pasa en África todos los días.

Esa pasión por la literatura hispanoamericana fue creciendo a medida que iba conociendo personalmente a los escritores. Conocí a Bryce Echenique, a Vargas Llosa, a Julio Ramón Ribeyro. A este último lo entrevisté y de hecho mi tesis doctoral fue de la generación del 50 en el Perú porque todos los conflictos que ellos abordaban eran similares a los de África: la lucha de clases, la lucha entre la tradición y la modernidad, los idiomas autóctonos frente a los coloniales.

¿Cómo se convierte en cuentero?
Había una semana cultural en la universidad y una chica que era miembro de la asociación de estudiantes me preguntó si quería contar un cuento africano. Hasta entonces yo había contado cuentos pero solamente en casa, a mi familia, nunca en público. Pero acepté. Y el éxito fue tal que cuando me bajé del escenario tenía un montón de gente pidiéndome autógrafos y a la semana siguiente empezaron a llamarme. ¡Y a pagarme! Al principio eran 5000 pesetas; unos 30 euros. A mí me daba una vergüenza terrible cobrar por algo que para mí es normal. Pero disfruté tanto ese oficio y la respuesta cálida del público que pronto supe que me dedicaría a contar cuentos.

¿Cómo ha cambiado la discriminación racial en Europa desde que usted llegó hasta estos días?
La discriminación racial en Europa se remonta a los tiempos de la esclavitud, cuando los europeos justifican esa práctica infame por la presunta inferioridad de la raza negra. Pero con el paso de los años, esa discriminación ha ido en aumento. A medida que han ido llegando migrantes procedentes de países del sur, ha crecido el rechazo hacia personas diferentes. A medida que los migrantes compiten con los autóctonos en el mercado laboral y en el acceso a las ayudas sociales, ha crecido el racismo. A raíz de la crisis económica actual, han crecido partidos xenófobos, cuyo electorado se compone básicamente de personas de clase obrera.

A mí no me preocupa tanto el racismo como actitud individual. Cuando veo a alguien que es racista, pienso que es una persona de una pobreza intelectual de calibre monumental. En cambio, lo que más me preocupa es el racismo institucional. Cuando los estados y las instituciones públicas discriminan, eso sí es grave. Es lo que calificaría de racismo estructural, sistémico.

Hoy las políticas migratorias en Europa no son muy alentadoras…
Yo me alegro de no ser ciudadano europeo en este momento. Hemos asistido a la vergüenza más grande de nuestra era: los europeos rechazando a miles de refugiados que buscan sólo un lugar para salvar su vida. La Unión Europea ha decidido saltarse las leyes y los tratados internacionales que ellos mismos han firmado. El egoísmo y los intereses electorales, el miedo a la extrema derecha, les han paralizado. La política migratoria europea es una política de doble moral, de hipocresía y de falta de humanidad. Ellos han provocado y alentado guerras en otros países, y cuando vienen los refugiados, que son precisamente la consecuencia de esas guerras, les cierran las puertas.

¿Qué impresión le deja esta primera visita a Buenaventura?
Había venidos muchas veces a Colombia, más no a Buenaventura. Yo reconozco que mi problemática es distinta a la de los afrodescendientes de latinos. Por mucho que me sienta ofendido por el tema de la esclavitud, yo no la he heredado, ellos sí. Esa diferencia es grande y se nota en la diferencia de los discursos. Ellos tienen un discurso marcado por el dolor. Se acabó la esclavitud hace 165 años en Colombia, pero cuando hablan, tienes la impresión de que la herida todavía está abierta. Esa impresión me la llevé de Buenaventura. Y también de San Basilio de Palenque. Cuando llevé a mi asistente, que es de Medellín, a grabar un documental, le dijeron: nosotros los negros no necesitamos blancos. Ese es un discurso de resentimiento. No se puede construir una nación con sentimientos de dolor. Si no se cicatrizan estas heridas la paz no es posible.

¿Y cómo se pueden superar estas heridas de la historia?
Creo que es muy importante proceder a una reparación aunque sea moral. El acto celebrado en Buenaventura con la presencia del Presidente de la República, para mí, es una manera de reparación moral.
De otra parte, si Buenaventura es la puerta de entrada de Colombia, si es el puerto más grande, ¿no deberían ser sus habitantes los primeros en beneficiarse de ellos? Que Buenaventura sea tan pobre es una contradicción, es una paradoja muy grande. ¿Cómo es que todavía hay problemas de agua potable como lo denunció el Obispo? Los gobiernos nacional y departamental tienen una responsabilidad grande sobre esto.

Si hoy alguien lo discriminara por el color de su piel ¿qué le diría?
Una vez iba caminando en Madrid y le pregunté a un señor cómo se llegaba a una estación y me dijo negro de mierda. Lo único que pude hacer fue reírme de él, porque es un hombre pobre que todavía vive en las cavernas. Hoy, por fortuna, he llegado a un momento de mi vida en que no veo si la persona es negra o blanca. No me doy cuenta. Solo me relaciono con personas. Eso es todo.

 Fuente | elpais.com.co

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