Plataforma Cultural dePromoción y Visibilización de Buenaventura

Prólogo del libro: Buenaventura un futuro pacífico
Por: Medardo Arias Satizábal
Dirección editorial: Mario Fernando Prado y Raúl Fernández de Soto.

Después de 475 años –Buenaventura es una de las poblaciones más viejas de Colombia- el faro del Pacífico parece alumbrar, por fin, hacia esta costa colombiana, en un destino trazado por las propias circunstancias socio económicas del país y su devenir económico.

Ningún otro puerto de Colombia tiene las condiciones de este, para empujar definitivamente las “locomotoras” del progreso en un mundo cada vez más competitivo, como el del actual siglo XXI. La pasada centuria, como las anteriores, fueron el escenario del mar Atlántico, de sus desarrollos, más, al culminar el XX, las naciones del Pacífico aparecen consolidadas en una vanguardia económica que nadie discute –verbigracia China, Japón y las dos Coreas- sin contar la presencia cada más fuerte de Tailandia y Vietnam. Como no se pone en duda el empuje de naciones latinoamericanas que despliegan costas en el Pacífico; México, Panamá, Ecuador, Perú, Chile, y por supuesto Colombia.

No obstante los múltiples inconvenientes de la nación para alcanzar los máximos beneficios del Tratado de Libre Comercio, las esfuerzos para poner al día la red de carreteras, principalmente la vía que va al puerto, las carencias aeroportuarias desde el Pacífico, Buenaventura ha experimentado una visible transformación en los últimos 15 años, lo que hace augurar un mejor futuro para sus pobladores.

El gobierno nacional, con su plan para crear más escuelas, colegios y universidades, consciente de apoyar el progreso sobre una base de sólidos fundamentos educativos, y en la búsqueda de una paz con equidad, tiene en un Buenaventura un laboratorio natural para sacar adelante estos nobles proyectos.

Con una sana política de vivienda, salud y educación, además de un respaldo abierto a las políticas económicas pesqueras y madereras, todo ello unido a la eclosión del turismo ecológico, Buenaventura espera mejores días.

Por hoy, su infraestructura hotelera ha crecido de manera apreciable. Pasó de tener un hotel, a por lo menos seis, hoy, de primer nivel, en el camino a consolidar su presencia dentro de la denominación a la que hoy responde: Distrito Especial, Industrial, Portuario, Biodiverso y Ecoturístico. Es el municipio con mayor extensión en el departamento del Valle del Cauca, -6.078 km2-con una población de 362.000 habitantes según el censo de 2010.

Su fundación, el 14 de julio de 1540, está tamizada por una lluvia de flechas, las mismas que recibieron a Juan De Ladrilleros, el conquistador que llegó hasta aquí por orden de Pascual de Andagoya. Los indios Buscajaes recibieron así, con bravura, a quienes avistaron la Isla de Cascajal, que así se llamó el puerto inicialmente, y la bautizaron “Buenaventura”, por estar ese día consagrado al santo italiano San Buenaventura de Fidanza, Doctor de la Iglesia.

Podríamos evocar hoy varias Buenaventuras. Una inicial, ya con características de población, fue incendiada por los Buscajaes a fines del siglo XVI; luego, el pueblo fue levantado en varias ocasiones, y siempre fue presa del fuego, hasta bien entrado el siglo XX, pues la mayoría de sus viviendas estaban construidas con maderas, algunas de ellas preciosas; chaquiro, sajo, otobo, tangare, guayacán, chachajo. Esta condición las hacía frescas, espaciosas, algunas con balcón y techo a dos aguas, aptas para la temperatura ambiente.

El último "viejo puerto", desapareció a fines de los 60. De aquel casco sólo quedan unas cuantas edificaciones, como la construida por el arquitecto italiano Gaetano Lignarolo, la misma que albergó por mucho tiempo el restaurante Nápoles y, por supuesto, la estación del Ferrocarril del Pacífico, frente al hotel, obra del ingeniero Vicente Nasi, discípulo de Le Corbousier.

Aquel Buenaventura descendía por la calle primera donde estaban las primeras oficinas de la Grace Line, el Teatro Caldas, El Parao, el almacén de los Dorronsoro, el Casamar, con su muelle, el Banco de la República, el Parque Bolívar, con dos cañones antiguos empotrados frente a la estatua del Libertador, la hermosa casa de la Alcaldía, en madera, la farmacia Ablanque, la cárcel municipal, los ventorrillos de Los Turros, génesis de lo que fuera luego Sanandresito, la cárcel municipal y la tienda del asturiano José Fernández, con su gran aviso "Money Exchange" y su mostrador de avena y pastel presidido por un  mural de Pancho y Ramona.

Más allá, el parque con el busto del General Alfredo Vásquez Cobo –su hermana fue monja y fundadora de la comunidad Vicentina en Buenaventura, por lo que la calle donde estuvo ubicado el convento, lleva el nombre de Sor Vásquez-; el Club Buenaventura, y el paseo de almendros frente al  malecón que abría la perspectiva del viejo edificio de Navemar, el Concejo Municipal, Colseguros, el muelle de Fomento y Turismo, el Hotel Estación, las ceibas centenarias frente a las oficinas de la Flota Mercante Grancolombiana, demarcadas con un gran timón, y las fachadas republicanas del Palacio de Justicia y la Aduana.

La bomba Calimar abría el paisaje del Hotel Estación, declarado en su momento como “el más bello de Colombia”, construido en 1912 por el arquitecto bogotano Pablo Emilio Páez, el mismo autor de La Ermita en Cali. Páez tuvo mucha tarea en el puerto, pues debía esperar que bajara la marea para meter las bases de la que sería su obra maestra. El Hotel tenía originalmente conchas marinas empotradas en los artesonados del techo, un jardín junto al mar, cancha de tenis y una piscina natural, con agua de mar.

El boulevard de almendros se extendía a todo lo largo del Hotel, hasta desembocar en los palmares que cubrían las ventas de tortugas hechas con las conchas marinas. Se vendían ahí artesanías fabricadas con derivados del coco, aceite de tiburón y chocolates Milky Way. Este paseo conducía a la vieja Rambla, hoy muelle militar, el embarcadero del puerto por más de 50 años. Por aquí debían pasar diariamente los marinos de los “Marú”, los barcos japoneses, los cocineros y camareros de la Likes Line, de los Lakers, de la Grace Line, barcos estos a los que llamaban los “Santa”, porque tenían nombre consagrados al santoral, los marinos nacionales de la Grancolombiana –algunos capitanes y oficiales de esta flota eran españoles-  los grumetes de la Italian Line, la compañía que tenía vapores con nombres de poetas, músicos y conquistadores. En Buenaventura recalaban el Americo Vespucci, el Cristoforo Colombo, el Rossini, el Verdi y el Donizetti.

Cada vez que llegaba un barco italiano a Buenaventura, era día de fiesta. Estos vapores no llevaban mercancías sino pasajeros en tránsito a Europa. Tenían banda de músicos, daban siempre una retreta en el Parque de Bolívar y dejaban una ofrenda floral frente a la estatua del Libertador. Los viajeros del interior de Colombia con destino Panamá, Barcelona, Le Havre o Marsella, esperaban en el hotel con sus baúles, después del viaje en tren desde Cali, el mismo que demoraba 12 horas.

El primer riel de ese ferrocarril que unió definitivamente al interior de Colombia con el Pacífico, fue puesto por el Coronel Federico D´ Croz, el 18 de julio de 1833. Y al lado de la estación con su bello, hotel, el Muelle Rengifo, el primero, cuya construcción se inició en 1916, con su aire de otro tiempo, de la época en que los barcos descargaban a pluma y el transporte de mercancías se hacía a lomo de hombre y en carretas.

El muelle viejo fue dinamitado, para dar paso a las nuevas bodegas de hoy, pero resistió las descargas. Quedan hoy muñones de lo que fue, con sus planchas intactas, forjadas con rieles del ferrocarril. Entonces, el tren entraba hasta ahí para recoger la carga naviera.

En La Loma, una de las partes más altas de la isla, visible desde la Bahía de la Cruz, se asentaron dos de las más viejas familias de Buenaventura. Los Posso y los Taylor. El patriarca de esta última familia, el Capitán Taylor, construyó en la calle de la Bavaria una casa, a imagen y semejanza de las viviendas de San Andrés y Providencia, de donde provenía. Otras familias del archipiélago como los Archbold, Forbes y Benz, también se asentaron en Buenaventura.

Los claroscuros de hoy, que presentan al puerto como un yermo cultural, no dejan ver su rico pasado. Buenaventura llegó a tener cuatro teatros; el Caldas, en la calle primera, propiedad de Carmen Arango, una mujer venida del interior del país, famosa por su devoción al santo patrón del puerto. Hizo traer desde Italia el vestido original que viste la imagen en la catedral; el Junín, cercano al mercado de Pueblo Nuevo, el Morales, también en Pueblo Nuevo, y el Buenaventura, en la cima del cerro donde hoy está Acuavalle, cercano a los juzgados del barrio Obrero.

También varios restaurantes que atraían a turistas del interior; el Suizo, Los Balcones, La Red, y el del Hotel Estación, siempre bien ponderado, además de los populares como La Sombrita de Miguel, Las Delicias de Doña Cleo y los mesones del mercado, visitados hoy por afamados chefs, que van ahí en busca de los secretos marinos que guardan las viejas matronas.

En esa enumeración de memorias que conforman hoy el puerto de Buenaventura, es menester nombrar lugares de esparcimiento tales como los clubes Cangrejos, Sabaletas, discotecas como Hawai, El Edén, Christine, Capricornio, Cactus, Casas Viejas, Las Arcadas, El Rey, y más atrás, el Ritz, Cocodrilo y El Paraíso.

Desde el puerto, han sido siempre muy populares los paseos en lancha hasta La Bocana, Junchaco, Ladrilleros, Piangüitas, Negritos, Punta Soldado, La Barra. O expediciones a la zona ribereña aledaña, que incluye Sabaletas, San Marco, La Víbora, Córdoba, La Delfina.

En esa Buenaventura tan desconocida en el interior de Colombia, existió, a mediados del siglo XX, un sólido cuerpo consular. En el casco viejo del puerto ondeaban las banderas del mundo, donde los marinos podían resolver asuntos migratorios y demás, sin tener que viajar a Cali o Bogotá. El cuerpo consular realizaba una gala anual en el Hotel Estación.

El poeta Helcías Martán Góngora era el encargado del discurso de coronación de las reinas del Litoral Pacífico –Buenaventura realizó siempre un carnaval y un reinado en agosto- y la industria pesquera contó con al menos siete flotas provenientes de astilleros españoles.

El General Tomás Cipriano de Mosquera fue nombrado Gobernador de la Provincia de Buenaventura el 1 de febrero de 1824, y el sabio Francisco José de Caldas se ocupó de la naturaleza imprevisible del Pacífico en sus notas meteorológicas: "Llueve la mayor parte del año. Ejércitos inmensos de nubes se lanzan en la atmósfera del seno del Océano Pacífico. El Viento Oeste que reina constantemente en estos mares, las arroja dentro del continente; los Andes las detienen en la mitad de su carrera. Aquí se acumulan y dan a esas montañas un aspecto sombrío y amenazador. El cielo desaparece; por todas partes no se ven sino nubes pesadas que amenazan a todo viviente. Una calma sofocante sobreviene…"

Buenaventura estuvo en las coordenadas científicas del Baron Von Humboldt, en los sueños náuticos de Joseph Conrad, en los delirios de Thomas Mann –Muerte en Venecia-; desde una estancia del Des Bains, del Lido, en Venecia, se prefigura la atmósfera del Hotel Estación. Su himno, Mi Buenaventura, de Petronio Álvarez El Cuco, ha sido interpretado por la Orquesta Filarmónica de Londres; uno de sus hijos, Fernando Montaño, hace parte del Royal Ballet, y otros como el científico Raúl Cuero y la soprano Betty Garcés, van por el mundo con la impronta de haber nacido en este lugar, tan bello, a orillas del Pacífico.

Buenaventura, la tierra de Maravilla Gamboa, de Marino Klinger, del mundo pictórico de Víctor Tapias, la casa de Enrique Urbano Tenorio, Peregoyo, del mundo musical de Teófilo R. Potes.

Motivos de orgullo, suficientes, para mirar con muchísima confianza hacia adelante.

Gobernación del Valle del Cauca